En estos días han salido en prensa diversas noticias referentes a la retirada de determinados símbolos religiosos de lugares públicos, generando cierto revuelo entre partidarios y no partidarios en un Estado en el que parece que la mano de la Iglesia alcanza más allá que en otros países de su entorno social y político, hasta el punto de tener un margen de ingerencia fuera de lo común para una confesión religiosa con mayor o menor número de fieles. Son varias las circunstancias históricas que refrendan esta posición de la Iglesia pero sin duda la más reciente y la que más a calado en el sentir social de España sea el período de la Guerra Civil donde la Iglesia se posicionó con el bando agresor a la II República e hizo de aquella confrontación una Cruzada y los cuarenta años de dictadura posteriores a aquella derrota militar de los demócratas.
Los que defienden la permanencia de los símbolos católicos y de determinados rituales en el seno de la Administración Pública son los herederos ideológicos de aquellos que en el año 36 del siglo pasado se alzaron en armas para derrocar un régimen elegico por sufragio universal. Herederos que han sabido suavizar un tanto su parecer ante una opinión pública influenciada por otras circunstancias históricas, sabedores que ese maquillaje les permite tener un acceso a mayor número de votantes.
Son esos que pretenden haber emprendido un viraje hacía el centro ideológico pero que mantienen discursos rallanos en lo extremo, discursos que poco o nada difieren de los vividos hace setenta años. Exaltación de lo católico como símbolo de todos, como creencia única y verdadera y donde mantenerse a un lado tiene el caríz de "significación". Aferrados a una simbiosis Estado - Iglesia que durante cuarenta años los hizo prácticamente indiferenciables. Tanto monta, monta tanto. Estado aquel que entregó la Educación a curas y monjes para formar una sociedad callada y sumisa, una masa ingente silenciosa ante lo que ocurría antes sus ojos. Vencida la vía democrática en la guerra, sometida cruelmente en la represión posterior la Iglesia se empeñó en exaltar la figura del dictador como garante de paz en España.
El dictador supo devolver el favor, haciendo de la Iglesia el estandarte del nuevo Estado surgido tras el conflicto y convertirlo en el faro espiritual de Europa. Faro que se perdía en la niebla del atraso y la misería, mientras Europa se convertía en una locomotora cada vez más alejada de la estación a la que la guerra y la dictadura nos habían llevado.
Al igual que el régimen salpicó de sus valores cada uno de los rincones de nuestro Estado con sus nombres, símbolos y monumentos; la Iglesia campó a sus anchas ritualizando cada acto del Estado, imbricándose en la sociedad mediante la imposición, convirtiéndose en símbolo en los Cuerpos de Seguridad del Estado.
Aquellos tiempos no murieron con la Transición para pasar a ser otro de los puntos en los que se pasó de puntillas dictaminando la no confesionalidad constitucional del Estado pero sin atreverse a tocar nada de la simbología impuesta durante tantos años. Cambiamos las formas pero no el propósito. Los que alcanzaron la víctoria en el 39 seguían ganando batallas aún terminado su régimen.
Ahora, treinta años después de iniciado el proceso de cambio de la dictadura a un régimen democrático, la Historia nos ofrece el momento de revisar y terminar aquellos aspectos en los que la Transición no tuvo los arrestros necesarios para modificar sustancialmente las estructuras del Estado y generar, como hubiera sido debido, un nuevo Estado heredero de aquella II República. Muy al contrario en lugar de ser herederos de la democracia la Transición dará lugar a una democracia heredada de la propia dictadura. Si no fuera así sería inexplicable el ascenso a la Jefatura del Estado de un Borbón educado a la sombra del dictador desde inicios de los años 50. Atado y bien atado, dejó dicho el dictador y en muchos aspectos parece que así fuera. La permanencia de miembros de los gobiernos dictatoriales en las posteriores estructuras democráticas, la continuidad de determinadas "familias" enriquecidas bajo el amparo del dictador no perderán un ápice de su importancia mas aún se introducirán en las nuevas instituciones para seguir manteniendo su status.
Al calor de este inacabado proceso nos encontramos en nuestros días, en los que algunos rebeldes siguen enfrentándose a grandes aspas de molino para intentar cambiar aquello que el propio Estado - incluso bajo gobiernos progresistas - no ha tenido agallas de afrontar.
Aquellos que no tenemos una creencia religiosa o los que difieren de la mayoritaria tenemos que sufragar con nuestros impuestos un Concordato con el Vaticano, tenemos que seguir pagando las reformas que se llevan a cabo en edificios privados de la Iglesia sin que el Estado tenga control alguno sobre ellos, seguimos nombrando un toponimia medieval impuesta para robar denominaciones indígenas anteriores, tenemos que ver simbología católica en cientos de monumentos civiles, en parajes naturales, etc....
Por si todo esto fuera poca prueba de nuestra tolerancia, también tenemos que soportar en las escuelas públicas de nuestros hijos, en nuestros centros de trabajo dependientes de la Administración, en los Ayuntamientos o en los cuarteles la preeminencia de símbolos católicos. Tenemos que soportar la imposición de una supuesta mayoría o la conservación de una tradición mal entendida...y si nos alzamos contra esto, inmediatamente seremos nosotros los intolerantes y los radicales.
Pues si, yo me declaro rebelde y radical en pos de la laicidad de un Estado porque considero que desde la neutralidad es desde donde únicamente se pueden garantizar los derechos y libertades de todos los ciudadanos sea cual sea su creencia. El Estado no puede posicionarse en el lado de un grupo de ciudadanos en base a algo tan insustancial como el número de afiliados que tenga una determinada organización. Al Estado le deben importar los ciudadanos por igual y sin distinciones, y las religiones - sean cuales sean - diferencian, discriminan e imponen. Si hay algo contrario a la democracia es la religión y la católica quizás muy por delante de algunas otras...baste con echar un vistazo a su organización interna, sus modos y sus rituales.
Como el movimiento se demuestra andando, en breve solicitaré a la Administración en la cual desarrollo mi trabajo la retirada de una estatua religiosa católica del lugar común de las dependencias.
Ya iré contando como se desarrolla la batalla....porque auguro que no será fácil.
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1 comentario:
Dejando de lado lo acertado o no de las acciones de nuestros dirigentes en el pasado(cuales quiera que hayan sido los métodos para acceder al poder), y sea cual sea la confesionalidad actual de nuestro estado y sus ciudadanos, estemos de acuerdo o no, es nuestro pasado, y más que verlo como un ataque a la realidad actual, yo lo veo como un recordatorio de lo que no hay que hacer, si no nos acordamos de nuestro pasdo, cometeremos los mismos errores en el futuro, y nos guste o no, hoy , somos lo que y quienes somos gracias al pasado que tuvimos.
No me hagas mucho caso, xq hablo de recuerdo, pero en nuestros impuestos, tenemos la opción de destinar o no, una parte a la Iglesia o a Obras Sociales.
Por cierto ... educada en el catolicismo .. me cosidero agnostica.
Sinoio
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